AL ABRIGO DE LA NOCHE

Texto y voz: Leonor Bellis Fotos: Secundino Pérez

Suena el despertador temprano. Es día de diario. Enciendo la radio y me resisto a enfrascarme en una nueva jornada. Reconozco que algunos amaneceres me cuestan. No es pereza, sencillamente un cierto recelo ante las incertidumbres cotidianas. Aprensiones ocasionales que a veces afloran por las experiencias vividas. Con todo, mi yo consciente, aparcando sus alertas particulares, consigue persuadirme para que me ponga en pie.

Poco a poco me abstraigo de mis tribulaciones y me entrego más animada a la rutina mañanera. Sin embargo, hay días en los que todo se complica inevitablemente. Un tropiezo hace que la taza de desayuno se haga añicos, desparramando el café por el suelo de la cocina.  Mi salida de casa se retrasa y con el tiempo contado se me acelera el pulso. De camino al trabajo, con las prisas, tengo la sensación de que el tráfico se ralentiza, pero consigo llegar a tiempo.

Luego, durante la mañana, a pesar de mi buena disposición, un cúmulo de circunstancias parecen confabularse en mi contra, allanando el camino de las discusiones y los sinsabores.

Después de comer un impasse. Necesito descansar un rato.

La tarde tampoco resulta fácil, y con el paso de las horas me invaden unas ganas tremendas de dar carpetazo a las obligaciones.

El desaliento ha logrado doblegar mi ánimo y mi mente se enreda en una espiral de malestar. Divaga sin rumbo, sumida en contradicciones que no me permiten ver el lado positivo. Entonces, un abanico de emociones me embarga sin remedio.

Anochece. – “Todo el mundo tiene un mal día, o dos, o tres o trescientos…”- asevero.

Antes de acostarme, busco la manera de enmendar mi agobio y abro un balcón a la noche…, ávida de una oscuridad amable, nada tenebrosa que se rinde al embrujo de una luna casi llena. Me embelesa contemplar el espacio infinito, al abrigo de una soledad íntima y deseada. El ambiente, empachado de una plácida brisa primaveral se entrega al silencio.

Mis ojos se acostumbran a la escasa luz anaranjada proyectada en la calle desde una vieja farola que ilumina un pequeño puente. Más allá, se adivina el camino al monte, vedado a la vista por la negritud de la hora.

Casi enfrente, la espadaña de la iglesia se erige sobre los tejados de las pocas casas del pueblo. La adornan dos campanas y un nido de cigüeñas a medio construir.

La quietud me arrulla y la marejada que inundó las orillas de mi alma serena su ímpetu, y disfruto de este momento de sosiego, que se me antoja eterno a pesar de su implacable finitud.

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