AL INCULCAR EN ELLA EL AFECTO POR TODO LO QUE ENTRAÑABA UNA VIDA, ASUMIÓ EL COMPROMISO DE PROTEGER SU MUNDO

  • Niña en el un parque
  • niña en el campo
  • niña de paseo por el campo
  • mujer de espaldas caminando por un bosque

Texto y voz: Leonor Bellis

La luz de las tardes de junio, acompasada por un espléndido cielo azul intenso invitaba a “echarse al campo”, cuando se atemperaba el calor y permitía, sin agobios, el paseo.

Caminaba a mi lado con la gorra “pa tras”. Apenas tenía cuatro años, pero con sus pasitos pequeños y animosos me seguía por la senda que conducía del pueblo al monte. A veces, subíamos por la cuesta que llevaba a la loma llamada “el Calvero”. Para compensar el esfuerzo solíamos portar, además del equipo de explorador, una cestita de mimbre con la merienda, que ella tomaba sentada en un roble, cuyo tronco, dividido -casi a ras de suelo- en dos fornidas ramas, le recordaba el asiento de un columpio

Recuperadas las fuerzas por el ascenso -nada baladí- y comido el bocata, nos dedicábamos a observar todo lo que la naturaleza nos ofrecía a ambos lados de una vereda, custodiada por robles y alguna que otra encina.

El zumbido constante de las abejas nos avisaba de que su trabajo no podía interrumpirse. Con precaución nos acercábamos a la lavanda silvestre o a la jara que crecían a la vera del camino, y nos fijábamos cómo el insecto pasaba de flor en flor, con sus patitas teñidas de amarillo por el polen que, en su trajín, iría esparciendo.

De repente una lagartija, o un lagarto celado cruzaban ante nosotras a toda prisa, buscando refugio entre la hojarasca.

Un insecto diminuto atrapado en una tela de araña, se convertiría en la cena de su dueña. ¡Mira mami, la ñaña está ahí! – Susurraba con los ojos bien abiertos, expectante ante la escena. ¡Fíjate en el “culete” de la araña, Ale!; ¡es blanco porque lleva sus huevecitos con ella! -musitaba yo.

Decenas de montañitas hechas de tierra salpicaban el camino. Parecían volcanes mínimos por cuyos cráteres entraban y salían, sin perder un segundo, las hacendosas hormigas. Formaban interminables hileras que seguíamos con la ayuda de una lupa, igual que el caminar de alguna aceitera o escarabajillo; y dejábamos que alguna sananicanos contase los dedos y fuese hacia Dios”.

La infinitud de la foresta que poblaba el monte estaba en plena efervescencia de color y aroma. El morado, blanco, amarillo, rosa, verde… surgían en combinación perfecta de armoniosa estética.

La brisa juguetona, zarandeaba las copas de los árboles prodigando olor a limón y a miel, y su murmullo se acompañaba del grillar de los grillos o del croar de las ranitas, cobijadas por los juncos en recónditas zonas húmedas. Pero, ante todo, era encantador escuchar a los pajarillos conversando con sus trinos de rama en rama.

Entonces, como si de un cuento se tratase yo le decía – Ale, estamos en la casita de los árboles, de los bichitos y animalitos que debemos cuidar y respetar. Si ellos están bien, nosotras también lo estaremos, porque todos formamos parte de este precioso planeta al que llamamos “mama tierra”. Ella escuchaba atenta y me hacía cientos de preguntas.

Así fue como, propiciando su asombro y curiosidad ante todo lo que descubría a cada paso, aprendió a amar a los seres vivos; diminutos y grandiosos. Así fue como, inculcando en ella el afecto por todo lo que entrañaba una vida, asumió el compromiso de proteger su mundo.

¡Quizá, fuera esa la razón que le llevó a convertirse en Bióloga!

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