AQUELLOS SÁBADOS

Texto y voz: Leonor Bellis Fotos: Secundino Pérez

Algunas mañanas de los sábados acompañaba a mi madre a la plaza mayor, al mercado repleto de las frutas y verduras de temporada que los hortelanos traían de sus pueblos. Se vendían también conejos y pollos vivos, huevos, legumbres, semillas y hasta flores de las huertas cuando llegaba la primavera. Durante los meses de verano el fulgente colorido de los puestos abarrotados de frutos, llamaba deliciosamente mi atención. Gentes variopintas con carros de compra se apelotonaban delante de los tenderetes sin guardar “orden ni concierto”; imperaba la ley del más rápido y a mí me resultaba curioso cómo había quien se colaba sin guardar el turno de llegada.

De vuelta en casa, mientras mi madre recogía las compras, a veces me mandaba a la licorería por vino blanco para guisar, y me decía: -de premio, como es sábado, entra en la confitería de Tomás y pides una bandeja de hojaldritas que tanto nos gustan-. Se me hacía la boca agua pensando en los dulces, por lo que iba al recado sin rechistar.

Cumplidas las tareas, y algún que otro deber del cole, mi hermana y yo, antes de comer, nos gastábamos el duro que nos daban en un quiosco que había al lado de casa. Como ella dice -con cinco pesetas, aquel hombre nos daba cinco cosas-.

Aún recuerdo aquella caseta de madera, de color azulado, con una puerta en un lateral y un frontal que desplegaba una tapa, dejando a la vista un cristal con una especie de ventanuco que se abría con un pestillo por donde el quiosquero te despachaba. Era un hombre mayor, que se pasaba el día sentado en una sillita de mimbre, rodeado de cuatro chucherías y algún cigarrillo suelto que vendía a la gente del barrio. Yo solía comprar regaliz, del negro, un “refresco” de limón, una bolsa de pipas pequeña y un chicle.

Recién estrenada la tarde, me repantingaba en uno de los sillones de la salita de mi casa, con las provisiones preparadas y dispuesta a no perderme la peli que echaban a las cuatro, después de “la Bolsa de los Refranes”. Solían poner una de vaqueros, aunque mis preferidas eran las Jerry Lewis o de Danny Kaye, y más tarde, Los payasos de la Tele. Todos los niños de la época nos sabíamos sus canciones…: “la gallina turuleca”; “Susanita tiene un ratón”.

En fin, eran tardes para el recuerdo.

¡Cómo me gustaban los sábados! Sin dudar el mejor día de la semana. Dulce isla de sosiego en el torbellino de las obligaciones cotidianas.

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