Clavelina y su amor

Clavelina y su Amor de ayer y de hoy

Una pieza en barro de la artista leonesa Pilar Tirados.

Texto y voz: Karmenk

A Clavelina su padre no le dejaba estudiar.

Su maestra viendo su valía,

después del horario escolar,

le daba clases.

Con doña Pepita fue hasta su pueblo

donde hizo amigas, amigos,

donde conoció al gran amor de su vida.

El día que se conocieron

la pandilla

entró al cine.

La película se titulaba

-Yo, también te quiero-

(Caprichos del azar)

El muchacho, desde la fila de atrás,

cada poco decía:

– Clavelina, dime el título de la película,

– ¡Che, que non me recorde!

Ella haciéndose la estirada,

como correspondía a los tiempos,

sonreía, y no decía nada.

El muchacho insistía,

– Che, Clavelina dime el título, que non me recorde!

El corazón de Clavelina no dejaba de brincar.

Desde entonces,

él y ella

fueron… ¿Qué fueron?

Se escribieron cartas,

muchas cartas.

Todos los días,

durante cuatro años seguidos.

En bicicleta,

ella

iba a la estafeta de correos cercana,

antes de abrir el sobre,

daba un beso al remite.

De camino a casa

a la bajada del Puente Alto

apoyaba la bici

en el último pilón,

y, sentada sobre él,

leía la carta.

¡Tenía prisa por saber lo que las letras contaban!

Las moreras,

palmeras,

acacias,

carrizos,

y alfalfas

ondulaban la brisa.

Rebuznaba un burro,

cantaba un gallo,

pasaba una tartana,

ella sólo oía

la voz de las letras,

que le iban contando,

día a día,

lo que le echaban en falta…

Los suspiros se adivinan,

los besos no se marcan.

Son tiempos de represión,

sólo el viento sabe

lo que sus corazones delatan.

Las plumas llenan de tinta

cuartillas en forma de palabras.

Los sobres, cada día,

sueñan abrazos.

Los sellos, buscan presurosos ser heridos

para cruzar caminos, sendas, veredas y carreteras.

No quieren,

que se les haga tarde la mañana.

Elvis Presly contorneaba sus caderas,

Marujita Díaz triunfaba con sus canciones,

Miguel Delibes ya había recibido el premio Fastenraht

por su novela “Siestas con viento sur,”

Joan Manuel Serrat aprendía a tocar la guitarra

cuando una carta del padre del muchacho,

dolido por una desobediencia del joven,

paraliza la pluma de la enamorada,

y seca la tinta del amado.

En España soplan vientos amenazadores.

El miedo y la pobreza tienen sus banderas alzadas.

Pasan cincuenta y siete años,

hasta que, una amiga, en un entierro,

de un compa de aquella pandilla que entró en el cine,

los reencuentra,

les devuelve el reflejo a sus pupilas.

Él, aprieta su brazo.

Ella, lo mira.

Ella, marca su número de teléfono.

Él, responde emocionado.

-¡Te he querido siempre!

-¡Nunca he dejado de amarte!

-¡Todos los días, a mi pensamiento venías!

-¡Siempre, en mi corazón tuve tu alma¡

-¡Oh, que hacer?

-¡Cuanta traba!

-¡Somos mayores…!

¿Envejece el corazón?

Cada día, se llaman.

Han cambiado las cuartillas, sobres y sellos

por llamadas y mensajes de teléfono móvil.

-Desde que estamos juntos,

la tensión me sube y baja

-Desde que estamos juntos,

lloro y río sin razón aparente. 

-¡Desde que estamos juntos…!

Los kilómetros los separan

más sus dedos enamorados

marcan todos los días

los dígitos,

que unen sus corazones.

Fluyen fácilmente las palabras,

comprueban que sus gustos coinciden,

que se les encienden las risas,

que son capaces de decirse…

-Todos los días,

paso por la puerta de la casa

donde te quedaste a dormir

cuando viniste a verme…

-¡Oh, como olvidar esa habitación sin puerta

con cortina de rayas

y tú, Clavelina, probando el colchón

para ver si tenía buen dormir!

Y yo,

como un pasmarote,

sin abrazarte,

sin revolcón…

  • ¡Che, Clavelina

cuan tonto era,

pero es que cuando se ama tanto!

Tantos años recordando, añorando,

tantos padeciendo

con la pena en el corazón

por lo que pudo haber sido y no fue.

-Ahora, que sé que estás conmigo,

que tu amor es como el mío,

que el tiempo solo ha intensificado nuestro amor,

mi juventud prevalece.

Yo, ahora, soy feliz,

y brillo con el sol de la mañana,

y los atardeceres son más bellos,

porque

se aproxima el momento

de oír tu voz de nuevo.

Y…

Quizás,

de volver

a estar abrazados

y

desplegar alas

de mariposas alborozadas!

Karmenk

Una pieza en barro de la artista leonesa Pilar Tirados.

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