¡Esas caricias que tanto anhelo!

Amiga querida, hoy quiero contarte cómo me siento:

Una madre abraza a su hijo tras unos días de ausencia.

Texto y voz: Leonor Bellis.

Recuerdo las caricias, ¡esas caricias que tanto anhelo!, se han quedado cobijadas en mi memoria; y aquellos susurros que alegraban mi espíritu, se han vuelto mudos.

Extiendo mis brazos, pero no consiguen estrechar otro cuerpo; aunque sigo aferrándome, -eso sí- a los árboles.

¡Esto es el mundo al revés!

Sí, sí, claro que lo sé, la realidad impredecible siempre…… está haciendo de las suyas.

Ha pasado casi un año desde que comenzara la pesadilla. Como si de una guerra se tratara, se hablaba de un enemigo mundial, microscópico, imperceptible al ojo humano, que provocaba enfermedad y muerte, y que nos obligaba a una reclusión forzosa, en casa, por miedo al contagio. Los informativos nos bombardeaban con noticias contradictorias, provocadas por el desconcierto ante lo desconocido.

¡Cuánto dolor hemos visto y hemos sufrido!

Desde entonces el contacto con amigos y familia se ha vuelto intangible, exclusivamente aferrado a la voz.

A veces pienso que me he convertido en un simulacro de novicia, emulando una vida de clausura, que he acatado por motivos de fuerza mayor.

¡Cuántos momentos se han perdido! ¡Cuántos anhelos se han esfumado! Y ¡Cuántos besos lamentablemente, no se han dado!

Incluso la rutina ha olvidado su sitio.

¡Ay! Desconsolada, reconozco una lluvia íntima que empapa mis sentidos con melancolía. Y, la seriedad en mi semblante delata que la emoción está más, aún si cabe, a flor de piel.

Me he concedido la licencia de llorar porque las lágrimas desahogan mi alma y mi ser recobra ¡algo! de la calma perdida.

Hay personas que me quieren, que me necesitan…; por eso, mi esfuerzo cotidiano no será baldío. Y yo… ¿a cuántas añoro? Un mar… Amiga, un mar.

Entonces, no me ha quedado más remedio que comprometerme a aceptar un trato conmigo misma:

Seguir en pie, con la tristeza pegada a los talones, pero erguida.

Dibujar una primera sonrisa al saludar al día.

Guarecer cada momento vivido; solamente, porque no se repetirá. (De esto hay que ser consciente).

Gozar de una melodía. ¡Y con la música dejar fluir la emoción!

Volver a esbozar una sonrisa. (Hay que ¡obligarse! a esbozar esa sonrisa). No queda más remedio.

Detener el instante para cerrar los ojos y recordar un paisaje que solace mi espíritu.

¡Ah! Y lo más importante, no dejar de sentir jamás. Amiga, la vida nos espera, a pesar de todo.

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