«Hay palabras como cuchillos que nos desgarran…»

pareja desenfocada camina por la orilla del río Bernesga
Una pareja camina por la orilla del río Bernesga. © secundino pérez

Texto y voz: Leonor Bellis

“¡Qué bonita eres!”  “¡Cómo me alegra verte sonreír!”

“¡Estás guapísimo; esa camisa te queda de perlas!”

“¡Qué orgullosa estoy de ti! ¡Tu constancia será tu éxito!”

“¡Qué gusto me da cogerte de la mano y sentirte a mi lado!”

Estas sencillas palabras se convierten, como por arte de magia, en un ejercicio de fortaleza que solaza y acaricia el alma de quien las escucha. Son reconfortantes y siempre te arrancan una sonrisa.

¿A quién no le agradan las “flores”, que son dones de la naturaleza? Pues, lo mismo ocurre con las palabras hermosas; pronunciarlas cuesta muy poco, y su efecto sanador regocija tanto, que deberíamos prodigarnos en regalarlas por doquier.

Sin embargo, a menudo, arrastrados por la rutina descuidamos lo que más queremos, y aparcamos para “luego” la ternura o el mimo que, -incluso, sin palabras- todos reclamamos y necesitamos. 

Nuestro espíritu se alimenta de afecto que ¡nunca! ha de darse por supuesto. Las muestras de cariño deberían ser inevitables, espontáneas y profusas. Su administración no presenta contraindicación alguna; más bien al revés, reconfortan y alivian del peso de la vida.

Pero, lamentablemente, en muchas ocasiones, las palabras que escuchamos resultan un tósigo para el que carecemos de antídoto. Se alojan en nosotros, provocando un daño irremediable, que nos socava y nos hace dudar de lo que somos, o de lo que sentimos:

Eres un inútil. Aparta; ¡no sabes hacer nada!”.

“Cállate. Solo dices tonterías. ¡No ves que a nadie le interesa lo que piensas!”

Hay palabras como cuchillos que nos desgarran por dentro sin compasión. Y lo que es aún peor, puede que -inconscientemente- asumamos la culpa de ciertos comentarios en boca de quien se cree un gurú de la sapiencia. Apocados, desdeñamos la oportunidad de revelarnos, dando cabida, como por ensalmo, a esas palabras que nos limitan y que nos sumen en un estado de miedo e inseguridad:

“¡Olvídate; la universidad no es para ti!

“¡Tanto entreno, tanto entreno y no eres capaz de ganar un partido!”

No es lícito que las palabras pronunciadas por otros ajenos a nuestra piel, logren supeditarnos o condicionarnos, dañando nuestra autoestima y enajenando nuestra estabilidad emocional. Son solo palabras y deberíamos ser capaces de desposeerlas de su nefando sentido, volviéndolas inocuas a nuestro entendimiento.

Entonces, imaginemos por un instante que las letras emanaran como hadas sonoras concitando solo prudencia, afecto, franqueza o respeto… Ojalá fuésemos capaces de inculcar en nuestros hijos predilección por las palabras que confortan y ayudan a crecer asumiendo la imperfección, pero siempre libres y sin prejuicios.

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