Metamorfosis

Un mujer mira el horizonte del mar Mediterráneo. © Secundino Pérez

Texto y voz: Leonor Bellis.

Hace tiempo que convivo con una “teta de plástico. ¡Bueno y ¿qué?!; muy blandita y monísima, a la que ya me he acostumbrado como una pieza más de mi vestimenta. Al principio, he de reconocer que me daba un poco de reparo; la miraba colocadita en su caja y me resistía a utilizarla, hasta que comprendí que los “arrepuños” de venda que llevaba dentro del sujetador eran informes y ridículos, impidiendo que ninguna de las prendas que me ponía encajara en mi nueva figura.

                  Por fin, un día de verano, me decidí a probar y…hasta hoy. 

Ahora, mi cuerpo dañado se exhibe sin pudor ante el espejo, ávido de una desnudez distinta, atacada por una cicatriz perversa que podría turbar a quien la viera por vez primera. La asimetría, en verdad, desconcierta, acostumbrados a dar por obvio que la persona ha de contar con dos brazos, dos piernas, dos pechos…

                  ¡Repleguemos las alarmas! Sigo siendo yo, con mis ansias de reír y de vivir renovadas. Quiero cuidar de mi cuerpo, como hacía antes, ganando terreno a la edad que no siento como propia, en tanto que mi mente se resiste a superar la treintena.

Si las mamas se erigen en símbolo inapelable de feminidad, cabe la posibilidad de que la tiranía de la estética, actúe displicentemente atreviéndose a considerar incompleta a una mujer mastectomizada. Yo he rechazado la reconstrucción de mi pecho; decisión que no ha sido fácil de tomar, y de la que no me arrepiento. Después del drama sufrido y una vez amamantada la prole, es urgente ahuyentar cualquier complejo ante la mutilación adolecida. ¡Qué más quisiera una persona que no haber pasado por la fatídica experiencia y, sin embargo, la esperanza de vida debería henchirla de júbilo, a pesar de los padecimientos!

He de admitir que no salgo de mi asombro cuando alguna fémina, después de dirigirme las preguntas de rigor: “¿cómo te encuentras?, ¿qué te dice el médico?”, me espeta sin previo aviso:

                  “¡Ah! ¿no te has reconstruido el pecho?… Si tú estás a gusto y a tu pareja no le importa…; has hecho bien, aunque siempre estás a tiempo de que te coloquen un implante, ¿verdad? Todavía eres joven”. 

¡Perpleja me quedé la primera vez que escuché tal “alegato”! 

No alcanzo a comprender qué tiene que ver la pareja de una (si es que ésta existe) en una decisión que atañe a “cuerpo ajeno”, con el agravante de que la extirpación, nada vistosa, resulta ser una más de las secuelas del percance.

Tengo entendido que hay mujeres a las que les resulta insuperable la pérdida, cuya visión les aboca a una tristeza harto dolorosa. Nada hay más personal que decidir cómo afrontar las trabas que te impone la vida; de modo que, cada una de las mujeres que han atravesado por este trance sabe lo que necesita para seguir adelante.

No me cabe la menor duda de que muchos hombres siguen amando, sin escrúpulos, a sus mujeres “mancilladas” por el destino. Quizá seamos nosotras las que sintamos reparo de la propia desnudez. En todo caso, solo habría que echar un vistazo a nuestro alrededor para admirar a todas aquellas personas con discapacidades tremendas, que luchan cada día para normalizar su vida.

Entonces, ¡fuera complejos! y démonos la licencia de disfrutar de la teta de plástico.

Una mujer artista en un momento de su espectáculo. © Secundino Pérez

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