“NUNCA TE DEJARÉ”. “NUNCA ME DEJARÁS”

Ilustración de las películas Hechizo de Luna y Casablanca por Ale

Texto y voz: Leonor Bellis

Conversando el otro día por whatsapp con mi amigo Cundi sobre unas cosas y otras, acabamos hablando de películas y de cómo preferíamos, sin duda, los finales felices. Quizás, los años vividos han ido creado barreras en las que atrincherarse para evitar sufrimientos gratuitos más allá de los que, a cada paso, nos depare el día a día.

Mi amigo me contaba que, cuando reveía Casablanca, tenía la esperanza de que ese final, tan apasionado como efímero se enmendara, evitando la despedida definitiva de dos seres condenados al desamor. La última escena resulta inevitable, Ilsa (Ingrid Bergman) debe separarse de Rick (Humphrey Bogart) a quien dijo – “nunca te dejaré”; pero los convencionalismos de la época -en 1942 no podía mostrarse ante el público un adulterio consentido- la obligarían a partir, mientras que él renunciaría a la mujer de su vida, añadiendo –“nunca me dejarás”. Un adiós conmovedor con final cerrado. Sin embargo, nada impide que el espectador acabe fantaseando con que, algún día, en algún lugar, los amantes volverán a entrelazar sus cuerpos en un rotundo abrazo.

Entonces, yo le refería las veces que había visto Hechizo de Luna; esa dulce comedia romántica en la que un estrambótico y despeluzado Ronny Cammmareiri (Nicolas Cage) -sin un diente y manco-, se enamoraba perdidamente de Loretta Castorini (Cher), dieciocho años mayor que él, viuda y prometida de su hermano. Ella, seducida por el joven e impetuoso amante, se transformaría en una princesa como la Cenicienta del cuento y sucumbiría a la dicha de una pasión desconocida; todo ello bajo el embrujo de la luna llena, y la Bohème sonando de fondo. La película, impregnada de un ocurrente sabor italiano, nos regala, como no podía ser de otro modo, un final inevitablemente venturoso.

Después de despedirnos mi amigo y yo, no pude evitar que también vinieran a mi memoria alguna de esas películas deliciosas y encantadorasLos niños del coro o Cinema Paradiso– que no dejan de embelesarnos con sus historias tiernas y amables.

En ocasiones, las tropelías, desmanes y demás tragedias de algunas cintas alteran el espíritu, acongojan y provocan una mueca desazonadora cuando abandonas la sala del cine o el sofá de casa para irte a la cama. Por ello, he llegado a la conclusión de que, sin pretender esquivar los buenos guiones e interpretaciones de películas serias y enjundiosas, cada vez me inclino más por disfrutar de una buena comedia que me saque una sonrisa, o mejor, alguna carcajada, y me deje con ese regusto agradable que también forma parte de la vida. ¡Ah! Y de colofón, que todo acabe “como Dios manda”.

Y es que, sin duda, el cine como el resto de las artes, consigue obsequiarnos con momentos de esparcimiento y disfrute como si del bálsamo de Fierabrás se tratara.

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