Oda a mi bici

Aquel otoño apenas salí; tampoco durante el invierno

Leonor Bellis cuando era niña.

Texto y voz: Leonor Bellis

Aquel otoño apenas salí; tampoco durante el invierno. Mi sistema inmune debilitado me obligaba a resguardarme de cualquier infección, pues un simple catarro podía transformarse en una neumonía. De modo que tuve que restructurar mi vida, cambiarla por completo. Entonces lo primordial era centrar mi existencia en salir adelante.

El oncólogo me aconsejó que hiciera ejercicio, que me ayudaría en mi recuperación y, acostumbrada como estaba desde siempre a practicar actividad física variopinta, en seguida pensé en lo útil que sería tener en casa una bici estática.

Instalada en la sala frente al televisor, cuando recuperaba las fuerzas, días después de la sesión de quimioterapia, me subía en ella y pedaleaba; pedaleaba con la esperanza de que aquella pesadilla desaparecería en algún momento.

Mi fuerza de voluntad, impulsada por una determinación férrea de recobrar la salud, me impelía a no cejar en mi rutina ciclista. Gracias a ella recuperé mi tono muscular y, sobre todo contribuyó a restituir mi maltrecho estado emocional.

El tratamiento acabó y yo volví lentamente, muy lentamente a recobrar mi vida.

Pero, los invisibles hilos que manejan el discurrir del mundo, concitaron un nuevo desastre del que aún sufrimos sus consecuencias. ¡Una pandemia! Algo de lo que habíamos oído hablar en los libros de historia: la gripe, mal llamada española, la peste…; en fin, males de otro tiempo que no habíamos conocido.

Pas, pasa, pan, significa todo en griego”, repetía machaconamente, aunque no viniera a cuento, la señorita Torío, una de las profes de historia de mi colegio. Si estuviéramos en aquellos tiempos, su frase recurrente le hubiera servido para explicarnos la palabra PANDEMIA.

Un nuevo confinamiento regresó para desbaratar el recién recuperado orden en mi vida. Esta vez el daño no estaba en mí; estaba fuera, en la calle, por todas partes.

Era preciso evitar los contactos sociales. Debíamos permanecer en casa y salir únicamente cuando fuera imprescindible. Otra vez las cuatro paredes; otra vez el miedo a la enfermedad.

Esquivar el contagio en la medida de lo posible, me obligó a una segunda reclusión. De nuevo mi existencia dio un giro de 360º. Había de acomodar mi día a día a esta terrible y desconocida realidad.

Pero allí estaba ella, mi bici, la amiga que iba a propiciar que me mantuviera activa, de cuerpo y mente. ¡Vamos Marcelina, tenemos que volver a dar el “Do de Pecho”!

¡Qué hubiera sido de mí sin “mi Marcelina”!

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