¡Póntela!. Ahora, ¡quítatela, si quieres!

  • mujer con mascarilla
  • pareja con mascarilla en la calle
  • chicas con bandera y mascarilla
  • mujer con mascarilla pasea perro
  • mujer con mascarilla y guantes
  • pareja en letrero León Catedral
  • paseante bici con mascarilla
  • conductor con mascarilla

Texto y voz: Leonor Bellis y Fotos: Secundino Pérez

Cuando empezó la pandemia, hace más de un año, el desconcierto y desconocimiento acerca de lo que estaba sucediendo era tal, que los responsables de Salud Pública dijeron a la población que el empleo de la mascarilla no servía de nada. Sin embargo, con el paso de los días y la gravedad de los acontecimientos, no solo se recomendó, sino que se impuso obligatoriamente, so pena de sanción si las fuerzas de seguridad te veían sin ella.

¡Menudo follón! Ahora, sí, ¡póntela!; ahora, ¡quítatela, si quieres!

Y no hemos tenido más remedio que acostumbrarnos -a pesar de su incomodidad-, a considerar las mascarillas como un artículo de primera necesidad. Hecho que no ha debido de perturbar en demasía a los japoneses, habituados a ellas cuando tienen un simple catarro. Y lo hacen para no contagiar al resto. ¡Vaya! ¡Están locos estos nipones! -dirían muchos.

Sin embargo, “en esta vida todo llega” -dice mi padre cuando me aconseja desde su experiencia-. Hay que saber esperar, llenarse de paciencia y permitir que todo fluya.

Y hete aquí que, el tiempo de la mascarilla en espacios abiertos ha llegado a su fin. ¡Fuera chisme! ¡Despejemos el rostro! ¡Desenmascaremos la sonrisa!

Pero, repasemos las imágenes pintorescas que nos ha ofrecido el personal a la hora de portar el susodicho utensilio. A mi modo de ver, ¡“un verdadero circo”!

En cuanto a la variedad, un sinfín: la FFP2; la quirúrgica; la de tela con o sin filtro; la que incluso hace juego con la ropa, -no olvidemos la de abalorios-; y, por supuesto, la invisible, cuyos portadores, en aras de la proclamación de su libertad inalienable, están convencidos de que esta enfermedad no va con ellos. ¡Vaya cara más dura! Habría que explicarles que su libre albedrío ha podido acabar con la vida de otras personas.

Aunque lo realmente curioso es la infinidad de maneras de llevarla: colgada de un codo; apoyada en la barbilla; enganchada de una oreja (a modo de pendiente higiénico-imagino-); suspendida del retrovisor del coche junto al ambientador; en el asiento del copiloto (¡qué asquete!, ¿ahí no se pone normalmente el trasero?); en los bolsillos de cualquier prenda donde puede acompañarse de dinero o tarjetas…; en la frente, para que el sol no te la queme. “Ahora fumo, ahora hablo por el móvil y me la quito; ahora me la recoloco, pero con la nariz fuera”. Incluso hay quien entra en un comercio y descubre su rostro para dejar claro que quiere manzanas y no peras.

El manoseo de la mascarilla por parte de algunos es tal, que su virtud primera, la de servir de barrera para proteger a su portador de inhalar y exhalar agentes patógenos, se perdió en “el principio de los tiempos”. ¿Quién dijo que esto era una medida de HIGIENE para evitar contagios? ¡Ja!

En fin, personalmente, la decisión no me convence y seguiré usando mascarilla, aunque sea al aire libre si no me siento segura. Lamento afirmar que el virus no se ha desvanecido y la variante india ya corretea por Europa. Solo confío en que la celeridad de la vacunación nos sea propicia y entonces, que podremos dar carpetazo a la engorrosa mascarilla.

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